Extraña conversación al atardecer, por Ramón Muñoz Yanes

Paseo por el parque. La brisa es fresca y le contemplo en toda su altura. Es un viejo ciprés y se alza justo junto al banco, donde hojeo una selección de poemas de Dulce María Loynaz. - ¿Qué podría tener yo en común con un ciprés? - me pregunto mientras contemplo su inmensa estatura. Y escuché una voz profunda, que más que percibirla a través de mis tímpanos, la siento a través de mis pies, como si me hablaran del interior de la tierra.

- Mucho.

Ni sé por qué miro al ciprés, que prosigue danzando al compás de la brisa como un viejo elefante de zoológico provinciano.

- Mucho, te he dicho - y la voz recorrió mis pies, hasta culminar en mi cerebro - Habla con tu mente. Te escucho a través de mis raíces y así los que pasean no creerán que estás hablando solo. Soy quien piensas, el ciprés.

- Encantado de conocerle - dije para mis adentros. Y un "Lo propio" llegó pronto a mi cerebro.

- Eres el segundo humano con quien hablo. La otra era una anciana y de eso hace como veinte años, pero una tarde dejó de venir para siempre.

- ¿Murió? - pregunté más preocupado por si hablar con un ciprés sea un mal augurio.

- Nadie muere, amigo. Solo cambian de forma. Curioso, pero nada se parace más un árbol, que algunos humanos.

- No me diga.

- Pues si, amigo. No nací adulto, fui un retoño apenas visible, que la simple pisada de un perro habría aniquilado y ya puede usted ver mi altura. Aunque también vivir mucho tiene su precio. Es cierto, que según fui ganando altura mi horizonte creció al igual que mi percepción del mundo, pero con cada metro ganado, perdí mis ramas más jóvenes, mi corteza se fue haciendo tosca y rugosa. Y los niños apenas se detienen ante mi. De joven podía jugar con ellos, se colgaban de mis ramas y sus risas me impregnaban de vida. Ahora los padres evitan que se me acerquen para que no se hieran con mi corteza rugosa. He envejecido amigo, y he visto caer otros cipreses a lo largo de mi vida, unos por tempestades, otros enfermos, ya sólo conozco al ciprés que usted ve allá, en el otro extremo y ya el pobre apenas me puede ver, rodeado por aquellos flamboyanes que trajeron de los trópicos. ¿No es muy parecida la vida de los humanos?

- Tiene usted razón..., ¿los cipreses tienen nombre? ¿Cómo puedo llamarle?

- Los nombres son una muestra de altanería de los humanos. Ustedes desde que nacen, luchan por ser distintos, a tal punto que hasta se matan. He tenido la fortuna de que no ha habido guerra por aquí, pero sé de esas espantosas matanzas en que a cada rato ustedes se inmiscuyen. No veo diferencia alguna entre los hombres. ¿Por qué se empeñan tanto en tener más unos que otros?

- Eso es algo más complejo, amigo...ciprés. Nos educan así, pero el mundo tendrá que cambiar o seremos protagonistas de un hecho único, seremos la única especie que se habrá aniquilado a sí misma.

- Si, son realmente temibles. Ayer escuchaba a un jardinero decir que probablemente nos talen, pues piensan hacer un centro comercial en este sitio.

- No creo, amigo. Los vecinos no lo permitiríamos.

- ¿Lo harían de veras?

- Estoy seguro.

- Son ustedes muy raros. Cada noche antes que cierren los accesos al parque hay una anciana que se esconde entre los arbustos y duerme junto a mi. Si, ustedes permiten eso, ¿defenderían a un simple grupo de árboles? Realmente, no comprendo a los humanos.

- Si, tienes razón - y quedé en silencio ante su verdad incuestionable.

- Vamos, no te preocupes, solo intento entenderles.

- No creo que lo logres, amigo. Y creo que seguiremos conversando otro día. Me hace señas el guardia de que van a cerrar.

- Hasta mañana, amigo...

- Ramón.

- Ah, muy bien.

Y con mis poesías de Dulce María Loynaz regresé a casa, inmerso en mil conjeturas. Al final, creo que ese árbol y yo, tenemos mucho en común.

R. Muñoz.



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