REQUIEM de Ramón Muñoz Yanes


Hoy quiero compartir con ustedes esta sentida pieza literaria que Ramón Muñoz Yanes dedicó a su abuelo, de quien no pudo despedirse el día que dejó este mundo, por las mismas razones que muchos exiliados no hemos podido despedirnos de nuestros seres queridos.

Yo no pude amarrar las lágrimas al leerlo, creo que no hay quien pueda hacerlo al leer este réquiem, que bien pudiera ser el réquiem de muchos exiliados dedicado a los muchos abuelos, padres y madres que dejamos en nuestra tierra cuando volamos buscando libertad.


                                                                  REQUIEM



No te me escondas, viejo. Bien sabes que no me gusta la soledad del jardín. Desde anoche a las diez no te encuentro y nostalgia dice que a partir de ahora, te has escapado al barrio de los recuerdos.

¿Te he hecho algo, abuelo? Siempre hice lo que me has dicho, que cantara el Himno Nacional, alto y fuerte, cada mañana en la escuela, que arrancara con disimulo las rosas del jardín de Matilde, que eran las más hermosas, para el Martí del colegio, y guardara una para Digna, la maestra, que bien la merecía, por llenarme los bolsillos de letras.

¿Y ahora? ¿qué hago con los juguetes rotos? quién me dirá con ternura que el error, la tristeza y el dolor por cada pérdida, son los ingredientes imprescindibles para templar el alma de todo hombre bueno?

¿Dónde estás, viejo, es madrugada y no escucho al viejo tres, colgado en la pared de tu salón tan lejano. De seguro le tiemblan las cuerdas por esta repentina tempestad de soledad. Ahora no me podré caer otra vez, nadie me pondrá hielo sobre el último "chichón", ni me dirá que amarre las lágrimas, que los hombres lloramos por dentro, porque el dolor no se comparte, es de uno y de nadie más.

¿Cómo encuentro el sueño cada tarde? Nadie me hablaré de cañaverales y caballos salvajes, de la doma, del esquivo venado, de tesoros de piratas escondidos.

Seguro que has ido a buscar a la abuela, que también se fue un día, sin avisarnos que no tendríamos jamás la sopa de ajos y migas de pan, ni su sonrisa que a diario nos llenaba la vida.

Perdóname, abuelo. Perdona a tu nieto emigrante, perdona la libertad y la lejanía, como debes perdonar también, que hoy no pueda amarrar las lágrimas.

Viejo, leyes injustas, me separan de tus canas, de tu cuerpo exánime, del último beso. Pero no te aflijas, estás conmigo, en mi libertad, en el desafío a la humillación y el maltrato. Ve despacio a buscar a la abuela, abrázala y dile que cumpliste lo pactado. Dejaste sobre la tierra una camada de hombres buenos.

Ve con la frente alta, en paz, llevas mi beso por bastón.

Tu nieto,

Ramón

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