Para Mami en su cumpleaños. (Por Miriam De La Vega)

Un día como hoy nació mi madrecita querida, una extraordinaria mujer que aunque no me llevó en su vientre, me regaló los mejores años de su vida, sus desvelos, sus cuidados, sus consejos, su cariño, su ternura, eso no lo hace cualquiera, hay que tener un corazón inmenso para dar tanto amor incondicionalmente.

Cuando pienso en ella, vienen a mi mente flashes, recuerdos fragmentados de diferentes situaciones y momentos de nuestra vida.

Se me hace presente aquella mirada de angustia cuando me enfermaba en medio de la noche y tenía que llevarme a la carrera al hospital.

Aquella tarde, cuando yo sólo tenía 7 años y el pediatra le dijo que debía comenzar a prepararme porque estaba muy cerca del "desarrollo" y noté que sus ojos se abrían desmesuradamente, como si le hubieran dado un susto muy grande. Cuando salimos de la consulta yo le pregunté como preguntan los niños, a toda voz:

"Mami, qué es el "desarrollo"?"

Y ella se ruborizó porque había muchas personas en la sala de espera y me contestó con un hilo de voz:

"Cuando lleguemos a la casa te explico".

Siempre fue una mujer muy saludable, nunca se enfermaba, aún recuerdo cuando yo tenía 8 años, fue la única vez que la vi en cama durante todos los años que viví con ella, había contraído hepatitis y debía guardar reposo absoluto por indicación del médico, pero ella tenía algo muy importante que decirme, así que me llamó a su cuarto y me explicó que pronto sucedería algo que me parecería muy extraño, pero que no debía asustarme, que era algo muy normal y me explicó exactamente cómo debería proceder cuando viera mi primera menstruación, ahora comprendo lo difícil que debió resultar para ella explicarle todo eso a una niña de apenas 8 años, pero gracias a eso, cuando llegó el momento, sólo diez días después, no me alarmé, pues estaba muy bien preparada y seguí sus indicaciones al pie de la letra.

También recuerdo con mucha ternura aquella mañana que salí de la casa corriendo porque se me hacía tarde para llegar a la escuela y con el apuro olvidé el desayuno sobre la mesa. A ella no le importó que ya no era una bebita y que estaba en la Secundaria, sin pensarlo dos veces, echó el café con leche en un termo y caminó las diez cuadras que separaban la escuela de la casa, para que yo no me quedara con el estómago vacío.

Y cuando por la Escuela al Campo nos llevaban a trabajar en intrincados pueblos en el interior de La Habana o a la recogida del tabaco en Pinar del Río. Ella junto con papi, mis tías y mi madrinita no dejaban de ir a verme ni una semana, así tuvieran que ir en guaguas, trenes, o encaramarse en camiones. Allí estaba mi madrecita todos los sábados cargando jabas con ropa limpia, comida, leche condensada, "fanguito" y cuantas chucherías pudieran hacer más llevadera mi estancia en aquellos inhóspitos lugares.

Imposible olvidar su rostro radiante de felicidad el día que me celebraron los quince años y su tristeza inconsolable cuando sólo una semana después falleció Jaime, que había sido su esposo durante 30 años, el único hombre de su vida. Recuerdo que diez años después, cuando todavía estaba de muy buen ver, le pregunté por qué no se daba otra oportunidad y me contestó:

"No, mi hijita, no necesito otro hombre en mi vida, para felicidad con la que tuve con Jaime me basta y me sobra."

Y la verdad es que siempre fueron una pareja muy enamorada, puedo afirmar categóricamente que JAMAS los escuché discutir, supongo que tenían sus desacuerdos como todos los matrimonios, pero seguramente los ventilaban en su habitación y a puerta cerrada, porque en todos los años que compartí con ellos bajo el mismo techo, nunca escuché una discusión, por el contrario, muchas veces sorprendí entre ellos miradas cómplices llenas de cariño y ternura y veía con agrado cómo ella lo despedía en la puerta con un beso cuando él se iba para el trabajo y lo recibía con otro beso cuando regresaba.

Hay una imagen que no consigo olvidar, pues me marcó para siempre y fueron sus ojos llenos de lágrimas el día que me fui de Cuba.

Si fuera a contar todo lo que guardo en mi memoria sobre mi madre, llenaría miles de páginas y aún así no conseguiría decirlo todo sobre ella, por eso sólo quiero agradecer a Dios por haberme regalado esa maravillosa madre, no hubiera podido tener una mejor y a ella decirle desde el fondo de mi corazón:

"Gracias mami, por todo el amor que me diste, por todo lo que me enseñaste, porque todo lo que soy te lo debo a tí y gracias porque de tí aprendí lo que encierra la palabra MADRE en toda su dimensión".


Miriam De La Vega
Enero 19, 2013

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