Un grito de mi pensamiento. (Relato de Ramón Muñoz Yanes)


Un pueblo sin fe, que por no creer no cree ni en sí mismo, deja de ser lo que fue para convertirse en una caricatura de sí mismo. Y eso le sucedió a mi pueblo, al que le suplantaron sus héroes ancestrales por héroes de nuevo tipo, agrupados en una ideología compacta y excluyente, que no permite el libre pensamiento y donde para formar parte del grupo has de fusilar a mansalva toda idea propia, para crear el espacio suficiente donde aniden las ideas y procederes que recibes de un ente supremo, omnipresente e indiscutible, que marcará tu conducta de por vida.

Y por tomar por dioses a quienes se promovieron como tales, hoy no son más que los hijos de la miseria más atroz. Y se convirtieron en marionetas de aquellos, que a fuerza de masacrar una boyante burguesía, se erigieron en la nueva aristocracia, bajo el disfraz del epíteto de moda:"Compañero".

Y cambiaron cinco décadas de república, ganada a pulso con la sangre de sus mejores hijos en la manigua, por cinco décadas de socialismo ineficaz, a tal punto que los que antes le miraban con envidia y le llamaban "La Perla de Las Antillas", hoy le miran con desdén y desprecio.

Abolieron Senado y Parlamento para sustituirlo por un Comité Central con sillas con carácter vitalicio y hereditario. Abolieron la autonomía universitaria, para maniatar a las nuevas generaciones. Las antiguas residencias de los despreciables explotadores, son hoy ocupadas por los generales de un ejército, que bajo la farsa de defender al pueblo del enemigo creado en despachos, sólo sirve para mantener a raya cualquier intento libertario. Los mejores recursos son destinados a la élite dominante, que un día mi pueblo llamó con cariño guerrilleros, cuando debió percibir en ellos a sus verdugos.

Mi pueblo ha sido vejado, engañado y estafado arteramente. Generaciones enteras viven hoy a miles de millas de su tierra, nuestras mujeres venden sus cuerpos al extranjero por migajas con las que mitigan el hambre de sus hijos y miles de nuestros jóvenes alimentan a los escualos del Estrecho de La Florida, tras la esperanza de una vida mejor.

Otra vez mi pueblo ha sido engañado y ojalá esta cruenta lección, le abra los ojos de una vez y no se lance jamás en los brazos de un mesías. Mi pueblo al que le arrebataron las navidades y los reyes magos, llamándole ilusiones burguesas, para que hoy pasee por Miramar a contemplar las casas de los magnates comunistas, repletas de árbolillos navideños y sólo puedan observar en una vidriera un juguete, que su mísero salario le hace imposible adquirir.

Cuba, carajo, mi pueblo. Mi gente es firme y confío en ellos. Sé que un día despertará el mambí trasmitido por vía genética y nuestras mujeres, sí, esas mismas que hoy buscan el sustento en el malecón, nos empujarán a reclamar toda libertad perdida. Y sé que vendrá la libertad de nuestras propias calles, de las gargantas y brazos de nuestros hermanos, porque en nuestras calles ya se está forjando la hoja del machete que cercene la garganta de esta decrépita y senil dictadura. Cuba será próspera y feliz, la merecemos.

R.Muñoz.




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