Con las manos vacías.


Tengo un hermano que vive en Cuba, me lleva algunos años y aunque siempre tuvimos posiciones opuestas respecto a la política, nuestras diferencias nunca fueron más fuertes que nuestros lazos fraternales, porque éstos se forjaron al calor de muchos años de convivencia y de un inmenso cariño mutuo. Así que optamos por respetarnos mutuamente y cada uno tomó el rumbo que le dictaba su corazón.

Hoy recibí una carta donde me cuenta que ya comenzó los trámites para la jubilación, no quería hacerlo pues no soporta el sedentarismo, pero ha decidido que es preferible vivir con algunas restricciones, pero vivir, porque ya siente que la salud le está pasando la cuenta.

Mi hermano ha trabajado durante 51 años de su vida, la mayor parte de ellos, en el Aeropuerto José Martí, donde se desempeñó como ingeniero de vuelo e instructor de aviación, porque su gran pasión siempre fueron los aviones.

Ha vivido, como la mayoría de los cubanos, una vida de privaciones y sacrificios, trabajando con la esperanza de alcanzar aquella eterna promesa de un mejor futuro que nunca llegó.


Hoy, en el otoño de su vida, la cercanía del retiro en vez de proporcionarle la tranquilidad mental de un merecido descanso, se convierte en una gran preocupación, pues sabe perfectamente que la mísera pensión que ganará no será suficiente para garantizarle una vejez tranquila y relajada, como merecería un hombre que ha dedicado su vida a estudiar y trabajar.

Toda una vida de trabajo y al final, ni él, ni sus hijos, ni sus nietos tienen un futuro garantizado, después de tanto sacrificio, no puede recoger los frutos de lo que ha sembrado, ni siquiera puede vislumbrar una luz al final del túnel y esto me llena de tristeza, porque pienso que ha desperdiciado su vida entera para terminar con las manos vacías..... si al menos hubiera valido la pena.


Miriam De La Vega
Junio 27, 2013

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