Una vez..... Por Ramon Muñoz Yanes


Foto: Una vez...
Una vez tuve una ciudad, por entonces era más joven, si porque aunque no lo parezca, los viejos fuimos jóvenes alguna vez. Creo incluso que mi mirada era más azul por esas fechas, tal vez era por el mar, mi mar, el mar de mi tierra. Estoy seguro que toda mar, porque la mar es mujer y como buena madre, da color primero a las miradas de los suyos y después, con generosidad y justo es decirlo, da migajas de color a la miradas foráneas. Conozco la mirada pálida de los hombres sin ciudad, es casi tan triste y oscura, como la de los hijos de tierra esclava. Mi mirada ha envejecido, ya no salta, ha ganado la prudencia de los años, esa que se gana cuando se fusilan uno a uno, los sueños. La mirada es como una mujer, que se apaga cual farola, cuando la distancia le roba sus noches. 
Una vez tuve una ciudad y tuve atardeceres. Los atardeceres están ahí, pero no para todos. Los más largos y bellos sólo pertenecen a aquellos que no le ven como el preludio de la noche, sino como el anticipo de un beso. Los atardeceres de mi ciudad, nunca fueron oscuros, tristes, cómo éste donde escribo, que es como llamo a poner en orden mis pensamientos presos, los que se agolpan en los barracones de mi mente, con sus uniformes de lágrimas. Todos hablan de un barracón allá al final del cerebro, donde se escuchan gritos de dolor a medianoche, algunos comentan que guardan allí a los abrazos y besos no dados. Ningún beso o abrazo es libre, fuera de mi ciudad, esa, la que ya no tengo. 
Una vez tuve una ciudad. Es preciosa y coqueta como adolescente tierna. Si la vieras, lleva blusas de balcones enrejados, vaporosas chaquetas de amplios ventanales, donde brillan las miradas ansiosas de las mozas enamoradas. Sus faldas de calles estrechas y ajustadas, con olor a puerto, a cadera voluptuosa, a ritmo, a cadencia de clave y tumbadora, a esbeltas columnas y portales ladrones de sombras, donde se esconden los besos proscritos. Calza botas acordonadas con recuerdos y vivencias color infancia, con cascabeles de los niños que fuimos, correteando sus calles, dejando sonrisas entre las ramas de los mangos. Sus cabellos de olas azules, onduladas, interminables, con destellos de faro. Tiene un Cristo enorme en su bahía que mira a la ciudad y hace el signo de la cruz, tal vez se siente como uno de sus amantes infieles y pide perdón, por los hijos perdidos. Es preciosa mi ciudad, unos le llaman La Habana, para mi es tan sólo, Ella. Si la vieras.
Una vez tuve una ciudad...

R.Muñoz. 
14 de agosto de 2013.

Una vez tuve una ciudad, por entonces era más joven, si porque aunque no lo parezca, los viejos fuimos jóvenes alguna vez. Creo incluso que mi mirada era más azul por esas fechas, tal vez era por el mar, mi mar, el mar de mi tierra. Estoy seguro que toda mar, porque la mar es mujer y como buena madre, da color primero a las miradas de los suyos y después, con generosidad y justo es decirlo, da migajas de color a la miradas foráneas. Conozco la mirada pálida de los hombres sin ciudad, es casi tan triste y oscura, como la de los hijos de tierra esclava. Mi mirada ha envejecido, ya no salta, ha ganado la prudencia de los años, esa que se gana cuando se fusilan uno a uno, los sueños. La mirada es como una mujer, que se apaga cual farola, cuando la distancia le roba sus noches. 
Una vez tuve una ciudad y tuve atardeceres. Los atardeceres están ahí, pero no para todos. Los más largos y bellos sólo pertenecen a aquellos que no le ven como el preludio de la noche, sino como el anticipo de un beso. Los atardeceres de mi ciudad, nunca fueron oscuros, tristes, cómo éste donde escribo, que es como llamo a poner en orden mis pensamientos presos, los que se agolpan en los barracones de mi mente, con sus uniformes de lágrimas. Todos hablan de un barracón allá al final del cerebro, donde se escuchan gritos de dolor a medianoche, algunos comentan que guardan allí a los abrazos y besos no dados. Ningún beso o abrazo es libre, fuera de mi ciudad, esa, la que ya no tengo. 
Una vez tuve una ciudad. Es preciosa y coqueta como adolescente tierna. Si la vieras, lleva blusas de balcones enrejados, vaporosas chaquetas de amplios ventanales, donde brillan las miradas ansiosas de las mozas enamoradas. Sus faldas de calles estrechas y ajustadas, con olor a puerto, a cadera voluptuosa, a ritmo, a cadencia de clave y tumbadora, a esbeltas columnas y portales ladrones de sombras, donde se esconden los besos proscritos. Calza botas acordonadas con recuerdos y vivencias color infancia, con cascabeles de los niños que fuimos, correteando sus calles, dejando sonrisas entre las ramas de los mangos. Sus cabellos de olas azules, onduladas, interminables, con destellos de faro. Tiene un Cristo enorme en su bahía que mira a la ciudad y hace el signo de la cruz, tal vez se siente como uno de sus amantes infieles y pide perdón, por los hijos perdidos. Es preciosa mi ciudad, unos le llaman La Habana, para mi es tan sólo, Ella. Si la vieras.
Una vez tuve una ciudad...


R.Muñoz. 
14 de agosto de 2013

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