Mis ángeles queridos



A veces, durante esos minutos en que manejo de regreso a casa, voy enumerando las bendiciones recibidas a lo largo de mi vida, realmente han sido muchas. Me siento como una hija predilecta de mi Padre Celestial, aunque no creo que El tenga preferencias entre sus hijos.
Por estos días, en los que la nostalgia agita la memoria, me resulta inevitable desempolvar con especial cariño los recuerdos navideños de mi niñez en la casa de la esquina de Mayía Rodríguez y Luis Estévez en Santos Suárez. Aquellas Nochebuenas donde todos nos sentábamos a la gran mesa de ocho sillas, las cuales, alguna vez estuvieron todas ocupadas, en aquellos tiempos se respiraba un placentero ambiente de paz en nuestra casa. Y aquel esperado amanecer del 6 de enero, donde me encontraba tantas sorpresas que inundaban de felicidad mi pequeño corazón.
Tuve una infancia diferente a la de otros niños, pues no viví con mis dos padres, ni siquiera con uno de ellos.  Por mucho que escarbe en mi memoria, no logro encontrar ni un solo recuerdo en que aparezcan mis dos padres juntos, en los flashes que llegan a mi mente a través de la bruma del pasado, a veces aparece él, otras veces, ella; él siempre presente, no así ella, pero nunca juntos, siempre solos, o con otras parejas.
Mi madre biológica no tuvo una participación muy activa en mis primeros años, tampoco en mi adolescencia, ni en el resto de mi vida. En realidad su presencia fue bastante nula, ya que se mudó a otra provincia y sólo me visitaba una vez al año como los Reyes Magos. Esta particularidad hubiera representado una tragedia para cualquier niño, pero en mi caso no fue así.
A veces pienso que nací en el lugar equivocado y luego Dios rectificó el error, colocándome en el lugar correcto. Digo eso tratando de dar una explicación terrenal a la historia, pero sé muy bien que Dios no comete equivocaciones, sino que todo lo que sucedió era parte del plan que El tenía para mí.
Lo cierto es que sucedió algo que cambiaría radicalmente el curso de mi vida, un gran regalo del cielo, una familia compuesta por personas maravillosas, que me recibieron con los brazos abiertos, me arroparon y suplieron cualquier carencia, poniendo todo su corazón en educarme y guiarme por el buen camino. Crecí en una casa adorable, donde me llenaron de amor y atenciones. Gracias a ellos, me convertí en la persona que soy.
Mi madre verdadera, la que me crió, no me llevó en su vientre, pero me cobijó en su corazón; no me dio la vida, pero me preparó para vivirla; no me amamantó, pero alimentó mi espíritu con su fuente inagotable de amor.
Con gran tristeza los vi partir uno a uno, ya todos se han ido, pero estoy segura de que están en un lugar hermoso, porque siempre fueron seres de luz. Hoy quiero decirle a mis ángeles queridos, que les agradezco todo lo que hicieron por mi, que dejaron huellas imborrables en mi vida y que siempre los llevaré en mi corazón.



Miriam De La Vega
Diciembre 18, 2013

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