¿Qué será de sus sueños?


Me llega la noticia de que una de mis sobrinas ya casi se gradúa de arquitectura en Cuba. Mi primera reacción es de asombro, siempre me resulta sorprendente comprobar cómo  crecen los niños y se hacen adultos en un abrir y cerrar de ojos, no puedo creer que aquella niñita pequeña ya sea una mujer hecha y derecha, a punto de terminar una carrera universitaria. Luego pasa el sentimiento de sorpresa y me invade una gran alegría, pues recuerdo la ilusión con la que estudié mi carrera en la Universidad de La Habana y la gran emoción que sentí cuando me gradué. Ese día fue uno de los más felices de mi vida, me sentía completamente realizada. Mi mayor sueño se había convertido en realidad.

Pero mi pensamiento va más allá, y de repente siento que me embarga una profunda tristeza, al recordar que un año después de comenzar a ejercer como profesora, mi sueño se convirtió en pesadilla, cuando las autoridades de la escuela recibieron la información de que mi nombre aparecía en la lista de una de las embarcaciones que llegaron al Mariel a recoger familiares. Esa información me convirtió en víctima de un acto de repudio en casa de mis suegros, donde vivía por aquella época, y por supuesto, fui expulsada de la escuela, con una marca en el expediente que me impediría volver a ejercer mi profesión. El hecho de ser declarada persona desafecta al sistema, me cerraba las puertas para trabajar en algo que tuviera que ver con la educación, la ideología o la cultura, ¿y en qué más puede trabajar un graduado de Historia del Arte? 

No pudimos salir del país, porque mi esposo estaba en edad militar y me tocó quedarme con mi expediente laboral manchado. Finalmente, luego de mucho buscar, logré conseguir trabajo en una fábrica, donde trabajé como secretaria durante ocho años, mientras veía como mis sueños de ser redactora en una editorial, se esfumaban, como se había esfumado en el horizonte el último barco que zarpó del Mariel rumbo a Miami.

Me entristece pensar qué será de los sueños de mi sobrina, después de tantos años de estudio y de tantas ilusiones puestas en un futuro que nunca llegará. ¿De qué le servirá en Cuba tener un título universitario? Aún en el caso de que decida quedarse en el país y ejercer como profesional, ¿qué puede hacer un arquitecto en una ciudad donde los edificios llevan más de medio siglo sin recibir ni siquiera una pintura en sus fachadas? ¿Qué futuro le espera a esa joven? Creo que sus sueños se derrumbarán como se derrumba la ciudad. 

Que nadie se equivoque, sólo porque dicen que estudiar en Cuba es gratis, no significa que en realidad lo sea, al final te cobran hasta el último centavo que invirtieron en tus estudios. Conozco médicos que encuentran más provecho en la pesca, licenciados que han optado por manejar un taxi, profesoras que ganan más como trabajadoras sexuales y ayer leí acerca de un ingeniero eléctrico que vende palomitas de maiz en el malecón habanero.

¿Qué sentido tiene entonces estudiar una carrera en Cuba? Quizás sería preferible que los jóvenes cubanos guardaran de una vez sus sueños en una gaveta y botaran la llave al mar, para que no pudieran volver a salir nunca de su encierro. Que en vez de malgastar tantos años y torturarse con innecesarias noches en vela, desde el principio salieran a la calle a vender palomitas de maiz, al menos así se evitarian el sufrimiento de ver convertirse en pesadillas sus más hermosos sueños.


Miriam De La Vega
Enero 6, 2014



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