El placer de ser abuela.

Cuando decimos que los nietos son criaturas adorables, no queremos decir que los hijos no lo hayan sido. En mi caso, doy fe de que mis hijos fueron la alegría de mi vida, los disfruté todo lo que pude, me encantaba jugar con ellos,  les inventaba disfraces, saltábamos suiza, jugábamos yaquis, coloreábamos, jugaba a las casitas con la niña, les leía cuentos, les cantaba canciones y muchas otras cosas que ahora no recuerdo.

Durante los viajes a las playas del Este, íbamos en nuestro VW (léase Volkswagen) jugando a las adivinanzas o al "veo veo", o "al barco lleno de...", o al "tun tun quién es?", o al "quién yo?...sí usted". Y es que siempre me gustó que mis hijos me vieran como una compañera de juegos, porque quería que en el futuro me consideraran una compañera en la vida, creo que esto último lo logré a medias, pero al menos lo intenté.

Como decía, los disfruté mucho, pero no todo lo que hubiera querido, porque tenía sobre mis hombros la responsabilidad de educarlos, así que ellos podían verme como una compañera de juegos, pero siempre tenía que existir un límite, un espacio para esa dosis necesaria de respeto, para que mi labor como formadora de sus personalidades no se viera afectada.

Con mi nieta Angie esa responsabilidad es mínima, porque ahora son los padres quienes llevan esa carga, así que yo puedo disfrutarla con más libertad. Es por eso que a menudo los abuelos nos convertimos en los compañeros ideales para los nietos, porque podemos acompañarlos en sus juegos, así como permitirles y hasta respaldarlos en ciertas travesuras propias de su edad, siempre que con eso no se dañen ellos mismos o dañen a otros.

Hoy me llevé a mi princesita Angie a jugar al Mc Donald's, es la única forma de lograr que se embulle y coma algo, por lo menos allí, mientras juega,  se come los chicken nuggets y unas manzanitas, acompañados por un apple juice, es por eso que la llevo a menudo.

Pero hoy especialmente nos divertimos muchísimo, cuando se fueron todos los niños, ella se puso a bailar y a cantar a sus anchas y quiso que yo cantara con ella, así que estuvimos improvisando canciones y riéndonos muchísimo de los disparates que cantábamos las dos. De regreso a casa, puse el volumen del radio al máximo y cantamos a todo pulmón con Marc Anthony, mientras ella lloraba de la risa.

Cuando llegamos a casa, antes de bajarse del carro, me dio un beso y un abrazo apretado, que por poco me saca el aire, fue como un premio que ella me otorgó por todo lo que disfrutamos hoy.

Cuando entré y miré el reloj, eran como las 11:30 de la noche, un poquito más y la carroza se nos convierte en calabaza.......


Miriam De La Vega
Febrero 5, 2011

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