La Creación. (Por Miriam De La Vega)


La inspiración me ronda como un pequeño duende travieso, poblando mi imaginación de frondosos paisajes, colores indescriptibles y fantásticas formas.

La noche se ilumina con los colores de un arcoíris que surge ante mis ojos, tan vívido y real como el monitor donde van apareciendo estas líneas.

Ante mí surgen ríos y montañas, ciudades y selvas, mares y caminos. Y en ese escenario, surge una gran diversidad de hombres y mujeres; algunos de piel tersa y juvenil; otros con rostros surcados por arrugas, que exhiben orgullosos, cual trofeos de mútiples batallas ganadas o perdidas. Pero cada uno de ellos tiene su propia historia, con sus experiencias, fracasos, pasiones desenfrenadas y amores truncados.

Todos ellos motivan mi lira y se materializan a través de mis dedos que golpean el teclado tal como el cincel golpea la piedra para crear la escultura. Y por momentos siento que así debió sentirse Dios en los días de la creación.

Mientras hilvano las palabras para formar ideas, esos seres surgidos de mi imaginación, se humanizan y adquieren vida propia, se rebelan y exigen libertad para vivir su propia vida; crecen, vibran, aman, odian, sienten, evolucionan, mueren y poco a poco aniquilan mi voluntad e imponen la suya.

Ese es el momento en que ellos toman el control de la historia y se independizan y es cuando ellos me arrebatan la hegemonía y de repente siento que ya no soy quien decide lo que cada uno de ellos hace con sus vidas, son ellos mismos quienes deciden su futuro.

Y es entonces que se me ocurre que nuestra historia pudo comenzar así. Quizás surgimos en la mente de Dios, en un proceso idílico de creación y luego nos materializamos, exigimos nuestra libertad, nos independizamos y fue cuando comenzamos a hacer las cosas a nuestro antojo. Posiblemente eso explicaría el desastre que hemos hecho con el paradisíaco mundo que Dios creó para nosotros.



Miriam De La Vega ©
Enero 10, 2013


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